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Depredadores cotidianos

Agustín Moreno
Psicólogo

Cada vez son más habituales noticias como: “Uno de cada diez sevillanos sufre acoso psicológico y moral en su trabajo” (20Minutos, febrero 2009) o “Un estudio revela que el maltrato psíquico produce un efecto, similar sobre la salud de las mujeres que el físico” (Europa Press, septiembre 2009). Y esto es significativo. Afortunadamente estos titulares revelan una cada vez mayor conciencia social por todo aquello que tiene que ver con el acoso moral y sus consecuencias. No obstante, cualquier profesional de la salud mental experimentado sabe que más pronto que tarde se encontrará, por desgracia, con pacientes dañados psíquicamente por haber tenido la desgracia de cruzarse con algún acosador cotidiano, de los muchos que siguen pululando en todas las esferas sociales, familiares o profesionales.

Aunque acosadores y acosados han existido siempre, el término “acoso moral” fue utilizado por primera vez por Marie-France Hirigoyen en Francia en 1998. En su libro “El acoso moral. El maltrato psicológico en la vida cotidiana”, esta investigadora hace referencia a toda conducta abusiva consciente y premeditada que atenta, por su repetición o sistematización, contra la dignidad o la integridad psíquica o física de una persona”.

El acoso moral se da en todos los ámbitos humanos: pareja, familia, escuela o trabajo. Es un tipo de “violencia perversa”, asimétrica, en el que el “perverso” (en terminología de la autora), que se define a sí mismo como superior al otro, su víctima, pone en práctica la violencia al considerarle merecedor y responsable de su propio castigo. El acosador utiliza el terror psicológico en pequeñas dosis, a la vez que paraliza a la víctima con diversos procedimientos sutiles y soterrados tales como insinuaciones, acusaciones indirectas, descalificaciones o sarcasmos, para mermar su capacidad de defensa consiguiendo con el tiempo desestabilizar emocionalmente a la persona objeto de las mismas, llegando incluso a convencerle de que se merece lo que le está ocurriendo. Es un tipo de violencia limpia, sin huellas aparentes, que consigue en muchas ocasiones que sus testigos no vean lo que está ocurriendo e incluso colaboren inconscientemente con el “perverso”.

La literatura psicológica especializada nos suele presentar un perfil psicológico del acosador muy parecido al que posen algunos de los asesinos en serie más conocidos, auténticos “depredadores” que necesitan de una víctima a la que someter y humillar. En palabras de Hirigoyen, “el depredador basa su existencia en su capacidad de desmontar a alguien: necesita rebajar a los otros para adquirir una buena autoestima y, mediante ésta, lograr el poder, pues están ávidos de admiración y aprobación”. Lo peor es que los depredadores morales son tremendamente hábiles para utilizar las relaciones de desigualdad objetiva, derivadas de nuestra forma de organizar la convivencia, ya sea las que se dan en el trabajo, la familia o las relaciones entre sexos.

Precisamente es esta habilidad la que hace que cualquiera de nosotros pueda ser en un momento determinado víctima de un acoso moral. En cualquier organización social en la que predomine la ley del más fuerte, premie el éxito social a cualquier precio y magnifique la desigualad social, los depredadores se hacen los amos muy fácilmente. Quizás por eso es tan importante la concienciación social sobre lo inicuo del acoso en cualquier ámbito y se continúe propiciando así su denuncia.


(Para saber más: Marie-France Hirigoyen: “El acoso moral, el maltrato psicológico en la vida cotidiana”. Paidós. Barcelona, 1999.)

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