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Diagnóstico: cuerdos entre locos

 

Agustín Moreno, Psicólogo

 

-¿Qué problema tiene usted?

-Oigo una voz


-¿Y qué dice la voz?


-Zas.

-¿Zas?, ¿ha dicho usted zas?

Esta conversación es auténtica y tuvo lugar en la sala de urgencias de un hospital psiquiátrico norteamericano en el año 1972. Protagonistas: David Rosenhan, hoy profesor emérito de Derecho y Psicología de Stanford, y un psiquiatra del centro hospitalario. Rosenhan se había propuesto examinar hasta qué punto los profesionales de la salud mental eran capaces de diferenciar al "cuerdo" del "demente" y para hacerlo ideó un experimento cuyos resultados supusieron una auténtica revolución en el campo del diagnóstico de las enfermedades mentales. Reclutó a ocho personas, él incluido, que buscaron la forma de ser internados en diversas instituciones mentales y que, una vez dentro del hospital, se comportaron con absoluta normalidad. El propósito era comprobar si los psiquiatras detectarían la ausencia de enfermedad o si el juicio diagnóstico que emitieran estaría plagado de presunciones sobre el estado mental de los supuestos pacientes. El resultado fue demoledor. Todos ellos, a pesar de que los síntomas que habían provocado el ingreso habían desaparecido, una vez diagnosticados como "locos", permanecieron encerrados durante varias semanas, semanas en los que se les medicó y sometió a terapia para curar su "esquizofrenia paranoide". Alguien que oye una voz que dice "zas", sólo "zas", aunque luego deje de oírla, y no manifieste ningún otro tipo de síntoma sólo puede ser un esquizofrénico, pensaron al parecer quienes los ingresaron y trataron.

Los datos del experimento fueron publicados en la prestigiosa revista científica Science bajo el título "Cuerdos entre locos" y provocaron una profunda revisión de los criterios diagnósticos utilizados hasta aquel momento.


Traigo este experimento a colación porque, aunque hoy las cosas han cambiado mucho -entre otras cosas nadie puede ser internado en un psiquiátrico en contra de su voluntad salvo por orden judicial- y aparentemente disponemos de sesudos y consensuados manuales de criterio diagnóstico que deberían evitar que alguien con síntomas tan livianos fuera "etiquetado" de buenas a primeras de esquizofrénico, tengo la impresión de que últimamente estamos asistiendo a la vuelta de la "suficiencia diagnóstica", visto lo visto en algunos de los congresos o conferencias a los que he asistido en los últimos tiempos. Coincido, aun a riesgo de ser injusto, con las palabras de la psicóloga norteamericana Lauren Stater: "Creo que, en la actualidad, el afán de recetar orienta el diagnóstico de la misma forma que, en tiempos de Rosenhan, lo orientaba el afán de encasillarlo todo patológicamente".

Quizá por primera vez en la historia, los avances científicos en el conocimiento de la estructura y el funcionamiento del sistema nervioso nos brinden la oportunidad de empezar a dilucidar lo que ha venido definiéndose como uno de los más grandes desafíos de la humanidad: el problema de la consciencia o, en palabras de Francis Crick, ganador junto a James Watson del Premio Nobel de Medicina en 1962, el problema del cómo “tú, todas tus alegrías y tristezas, tus memorias y ambiciones, tu sentido de la identidad personal y libre albedrio, no son más que el comportamiento de una enorme red de neuronas y sus moléculas asociadas”.
 

 

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