Sguenos en Facebook Sguenos en Youtube Sguenos en Twitter Sguenos en Instagram

Resilencia: capacidad para afrontar la adversidad

La Psicología lleva mucho tiempo preguntándose por qué algunas personas tienen una inmensa capacidad para hacer frente a la adversidad, personas que, a pesar de haber sobrevivido a desastres de todo tipo: terremotos, inundaciones, guerras, internamientos en campos de concentración, etc. o simplemente circunstancias vitales marcadas por la pobreza, el maltrato o la enfermedad, siguen manteniendo pese a todo un equilibrio mental y una fuerza vital inigualables.

 Este tipo de personas ha sido siempre un reto para los investigadores, ya que contradicen de manera abierta todas las teorías que sobre las consecuencias que los traumas graves tienen sobre la salud mental de los que los han padecido.

 El término resilencia, proveniente de la Física, es la "capacidad de un cuerpo para recuperar su tamaño y forma original después de ser comprimido, doblado o estirado". Se empezó a utilizar por los psicólogos en los años setenta del pasado siglo, al investigar las características personales de aquellos niños y niñas que salían adelante a pesar de haber vivido en condiciones familiares y sociales adversas, padres drogadictos o alcohólicos, abusos, pobreza, etc.

 Hasta ese momento, la Psicología había centrado prioritariamente su atención más en el estudio de los efectos devastadores del trauma que en la capacidad de los seres humanos para afrontar experiencias traumáticas e incluso extraer un beneficio de las mismas. Las investigaciones posteriores, fundamentalmente realizadas con personas supervivientes de desastres naturales o sociales de todo tipo, han revelado que, en contra de lo que venía creyéndose, la resilencia no es un factor de protección ante la adversidad que sólo poseen algunos afortunados miembros de nuestra especie, sino que hay un elevado porcentaje de personas que muestra una gran resistencia y que sale psicológicamente indemne o con daños mínimos de este tipo de circunstancias dramáticas, ya sean sociales o meramente personales.

 Ahora sabemos que, por ejemplo y en contra de lo que habitualmente se venía afirmando, la mayoría de la gente que sufre una pérdida irreparable no se deprime, o al menos no se deprime clínicamente hablando, las reacciones intensas de duelo y sufrimiento no son inevitables y su ausencia no significa necesariamente que exista o vaya a existir un trastorno. De ahí que hoy, y gracias a los avances de lo que ha venido denominándose "psicología positiva", numerosos profesionales de la salud mental propugnen una reconceptualización de la experiencia traumática que, desde un modelo más saludable, haga hincapié sobre todo en métodos positivos de prevención, que tengan en consideración la habilidad natural de las personas para afrontar, resistir e incluso aprender y crecer en las situaciones más adversas.

 Existe un cierto consenso, entre los investigadores, en considerar la resilencia como la capacidad de una persona o grupo para seguir proyectándose en el futuro, a pesar de acontecimientos desestabilizadores, de condiciones de vida difíciles y de traumas a veces graves. La investigación ha revelado ciertos factores personales y sociales que contribuyen a la aparición de respuestas resilientes tales como: la seguridad en uno mismo y en la propia capacidad de afrontamiento, el apoyo social, el tener un propósito significativo en la vida, el creer que uno puede influir en lo que sucede a su alrededor y que se puede aprender de las experiencias positivas y también de las negativas. La buena noticia es que muchas de estas capacidades, más que innatas, son susceptibles de aprendizaje y pueden ser fomentadas socialmente, y probablemente para lograrlo sólo sea necesario un cambio en el actual paradigma socio-sanitario, centrado más en las consecuencias de la enfermedad que en el fomento de la prevención y los valores que la sustentan.

Agustín Moreno

 

Otros datos
Desarrollado:
Tandem Innova
www.tandeminnova.es