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Acabar del todo, con nada

Aurora Guerra

El éxito es un camino, no un destino.
Ben Sweetland.

Estoy casi segura de que una improbable estadística acerca del porcentaje de humanos que desearían ordenar definitivamente su vida –amorosa, laboral, material, espiritual- arrojaría una cifra espectacular. ¿Quién no precisa planificar el futuro inmediato y lejano, organizar los papeles que invaden nuestro espacio vital y que parece que se reproducen a nuestras espaldas, devolver un regalo absurdo o coser un botón caído el otoño pasado?

Siempre hay un libro que escribir, un kilo que perder, un cigarro que apagar para siempre, un idioma que perfeccionar, una película que volver a ver, un beso que entregar, un rencor que desmantelar, una ofensa que condonar o por la que pedir perdón.

Para intentar conseguir esos espinosos logros se han inventado las agendas. En papel, en teléfono móvil, en el ordenador, electrónicas o amanuenses, las agendas son un instrumento proteiforme que, como los genios de las lámparas prometen deseos más allá de lo aparentemente viable.

A menudo todos aquellos que anhelamos cumplir nuestros objetivos temporales, usamos la agenda. Su amable cercanía, su dócil abandono, nos confiere seguridad, certeza, confianza. Sólo hay que pronunciar las palabras mágicas -espera que mire la agenda- y todo parece factible.

La realidad es otra, sin embargo. Pasan las horas, los días, las semanas, y la agenda sigue llena, cada vez más llena, gruesa como un obeso de enteca voluntad.

Por eso, ante tanta contumacia en lo inconcluso, me pregunto, si no será que eso es la vida. Existir en un perpetuo movimiento creativo, haciendo planes sin acabar del todo, con nada: disfrutando del paisaje en el perenne aunque caduco viaje de la existencia, complaciéndose en las caricias sin prisa por agotar el deseo, paladeando el manjar sin extinguir el hambre, jugando sin acabar nunca la partida.

Y llego a pensar que rebasar todas la metas, cumplir todos los destinos, superar todos los grados, puede que sea, incluso, malo.

De hecho, existe un refrán popular que dice: nido hecho, muerto el pájaro. Clara metáfora de aquellos que al jubilarse, se deprimen. De estos que esperando a pagar la hipoteca para viajar o divorciarse, pierden el interés por los viajes o las amantes. De esos que apuestan cuando el juego se ha acabado y no hay nada que perder, ni que ganar.

Pero por encima de estos motivos agoreros yo creo que consumar todas las aspiraciones, tachar todas las tareas, puede llegar a ser perverso, porque la ilusión, la esperanza, la incertidumbre sonriente, desaparecerían. Me atrevo a decir que tener todo en orden es el camino para crearse una reputación insípida y gris.

Más si quieren llevarme la contraria y afirmar que alcanzar todos los empeños no es excesivo, reconozcan conmigo que por lo menos es insolidario. Es como ser el esquirol de la huelga de los trabajadores de los asuntos pendientes.

O también puede ser, que yo nunca haya conseguido acabar del todo con nada, y tengo miedo a que mi corazón se llene de envidia y torticeros instintos hacia los que disfrutan del viaje, y además, saben llegan al destino oportunamente.

O dicho de otro modo, es que “están verdes”

¿No creen?

Pues eso.
 

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