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Amalia de Llano y Dotres: La luz de la mirada

Rocío Segura Rodríguez
Licenciada en Veterinaria
Amiga del Museo del Prado


¡Luz! ¡Luz a borbotones!

Luz en un fondo oscuro, como los cielos nocturnos que ven despuntar el día lleno de color azul y en él, dándole vida, el Sol.

La verdad que es una forma un poco rara de empezar a hablar de un cuadro, pero si podéis ir al Museo acercaos a la sala 62 b y comprenderéis cómo la luminosidad de este precioso cuadro lo ilumina todo y el porqué de este comienzo.

Me encanta, no puedo decir más ni menos. Me vuelve loca la sonrisa que tiene ella, y esa sonrisa ilumina todo el cuadro. No, no penséis que es el color azul, ¡qué va!, son sus ojos, que no son dos luceros, ¡son dos soles!

¡Menuda mirada! Una mirada llena de complicidad y debió ser así cuando se realizó este retrato, porque, como dicen en la guía del Museo del Prado “ (estaba) unida por una gran amistad a Federico de Madrazo, quizá ésto explique el especial encanto y el primor exquisito que el pintor supo alcanzar en este retrato. La Condesa frecuentó la casa de los Madrazo, especialmente con motivo de sus veladas musicales, en las que incluso llegó a cantar, acompañada del piano”. Y cuenta la historia que Madrazo le cobró la mitad de lo que cobraba por cuadros como este.

Sí, una mirada sonriente, coqueta, partícipe. Que me mira, que te mira, que nos mira, como miró al pintor, que supo plasmar de una manera sublime todo el contenido todo el significado, toda la personalidad de esa mujer.

Es cierto que de ella sabemos poco;  lo que se sospecha a través del cuadro y, ante todo, a través de su mirada.

Era Condesa, la condesa de Vilches, pero ante todo era mujer. Una mujer amante de la cultura y como buena amante gozaba del encuentro con su amado: la literatura, la música, el teatro. Quizá una mecenas, pero más que nada una mujer única, más aún si tenemos en cuenta en la época en la que vivió, el siglo XIX.

Este cuadro tiene muchas sorpresas. No sólo y no menos que poder conocer a una mujer como ella, o tal vez sólo por ello, no sé.

Parece ser que cuando iban a restaurar este cuadro los restauradores encontraron, entre el lienzo y su soporte, una gran cantidad de hojas con un texto manuscrito aparentemente sin sentido. El examen minucioso de los mismos mostraron que éstos contienen el diario íntimo de la Condesa.

Este diario muestra lo que el cuadro nos enseña:  Dña. Amalia, creo que me permitiría llamarle Amalia, no sólo escribía, sino que las clases de matemáticas que recibió en su formación, las empleaba para mantener en secreto diario, incluso en el caso de que fuesen a parar a manos ajenas. Y no me extraña nada porque su mirada es un fiel reflejo de sus secretos, que no por saber que existen pueden ser conocidos y, que tal vez por eso mismo, hace que entre ella y quien la contempla se establezca el reto cómplice y divertido del descubrimiento.

Cuando miro este cuadro, no lo puedo evitar, mis ojos se encuentran con los suyos y una enorme sonrisa se dibuja en mis labios. Parece que nos entendemos, que me mira y sonríe, y entonces me contagia su felicidad.

Además este cuadro tiene su estación y no es otra que el verano: cielos azules, como azul es el color de su hermoso vestido, calor –que combate con el paipay que sostiene su mano izquierda-, y sol, el sol de su mirada.

Es cierto, su mirada me tiene fascinada, y en la fascinación quiero encontrar el secreto que ella me dice que guarda.

Cuentan que cuando murió, el 6 de julio de 1874 en Madrid, la sociedad madrileña lo sintió mucho. Pero hoy en el Museo del Prado me encuentro con Dña. Amalia, tan viva, que sonreímos juntas.


Enlace al cuadro: http://www.museodelprado.es/coleccion/galeria-on-line/galeria-on-line/zoom/1/obra/amalia-de-llano-y-dotres-condesa-de-vilches/oimg/0/
 

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