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¿Quién te va a entender mejor?

La frase tuvo efecto de colofón. El paradigma aportado en ella tenía efectivamente la fuerza de lo incuestionable. “Pero, ¿quién te va a entender mejor que una mujer?” y, al quedarse mirándome, Delia sabía ya de la victoria de su lógica sobre la mía.

Recuerdo las palabras como si la distancia de más de un decenio y los miles de kilómetros que separan Helsinki de Madrid fueran viajando conmigo paralelos al tiempo. Hablábamos, seguras de la intrascendencia de la conversación, en un rato perdido de esos grandes congresos médicos de alcance mundial. Ella, ginecóloga, y yo, fundamentalmente, marketiniana; ambas, amigas y ambas abiertas a la razón o la sinrazón a veces de las luchas feministas. Planteaba mi propio caso sustentado en la confianza conseguida por el tiempo, los conocimientos y, en definitiva, la costumbre que enfrenta e imposibilita a veces el mal trago del cambio de ginecólogo, sea cual sea su sexo, como argumento principal de acudir a un varón.

Nunca se lo llegué a decir pero su verdad me hizo recapacitar sobre los respectivos porqués que sustentaban planteamientos divergentes. Y me convenció. Me convenció con su argumento más práctico y a partir de él los puramente objetivos me resultaron cada vez más evidentes.

Partiendo de la base teórica de que, como mínimo, los especialistas de ambos sexos tienen conocimientos generales y específicos de niveles equivalentes, aparecen de inmediato otros muchos factores de aportación neta. Entre los valores tangibles de las mujeres, escojo la creciente feminización de la profesión médica, avalada de forma innegable por las calificaciones en pruebas objetivas; la acumulación de méritos y cursos de actualización, con presencia auténtica en las salas que, desgraciadamente, y esto como queja de género, pocas veces lleva consigo el reconocimiento en forma de cargos; y, me atrevo a aventurar por último, un lógico interés por temas que afectan más o en exclusiva a las personas de su propio sexo.

Pero es la faceta de lo intangible por donde avanza con más rapidez la auténtica revolución. La práctica con el paciente de la inteligencia emocional mediada por la empatía, la previa consideración de las repercusiones de las medidas diagnósticas y terapéuticas, el empleo de la palabra y la expresión corporal como auténtico lenguaje universal y, deteniéndome en el caso especial de la ginecología, el conocimiento en carne propia de algunas situaciones que plantea la paciente.

Excepciones hay a toda regla, lo admito, las he visto y que existen es innegable. Se puede incluso argumentar la necesaria objetividad que precisa el paciente. Sin embargo, la suma de casos me ha convencido de que el manejo de las situaciones por parte de la mujer es diferente que la del hombre y confío en que la inteligencia de las mujeres nos lleve cada día más a planteamientos más humanos en nuestras respectivas profesiones. Argumentar con la autodefensa, la necesidad de dureza para el crecimiento y cosas así no es defendible cuando encontramos tantos ejemplos de mujeres admirables ejerciendo su profesión con otras formas y valores con resultados magníficos.

En el año 92 tuve la suerte de asistir en Madrid a una conferencia de Anita Roddick, la fundadora de Body Shop. La audiencia, mayoritariamente compuesta por ejecutivos, cachorros en los pasos de serlo y cierta predominancia masculina, había desbordado tanto las previsiones de los organizadores que muchos gozábamos del privilegio de asistir a la charla pero a cambio de sentarnos en el suelo. Entre las muchas cuestiones que se plantearon al término de su exposición, una de las asistentes le preguntó si pensaba que las mujeres y los hombres manejaban de igual forma las empresas. Ella contestó sin vacilar: “En absoluto”. A esta frase tan contundente añadió razones como que las mujeres tenemos otro talante, otros recursos emocionales para gerenciar teniendo en cuenta el lado humano de sus equipos y que cometen un error aquellas mujeres que adoptan comportamientos asociados típicamente al varón  como son la dureza y el autoritarismo para conseguir el respeto de sus subordinados y los objetivos de la empresa. Y si estuve de acuerdo entonces los años y la experiencia me han ratificado en ello.

Llegado a este punto y tras tanta argumentación a alguno/a le gustaría saber si dejé a mi ginecólogo por una ginecóloga. Y la respuesta es que “no”. Confío, admiro y respeto a quien me lleva porque además y por encima de todo me trata en primer lugar como persona y después como paciente. Pero para tranquilizar alguna conciencia añadiré que, a cambio, para mi primera cita con la dermatología en la elección estuvieron casi descartados los varones. Y acerté.
 

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