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¡No sin mi pelo!

Aurora Guerra Tapia



En el ser humano del siglo XXI, a diferencia de aquellos primeros momentos de su aparición sobre la tierra, el pelo no cumple ninguna función vital trascendente; se vive sin pelo sin sufrir ninguna merma fisiológica. Eso sí, es un rasgo fundamental de exhibición social y sexual, con mucha mayor importancia, si cabe, que la que tuvo en épocas anteriores.

Aunque la sociedad ha permitido que cualquier parte del cuerpo, desde los ojos a los pies, haya sido en algún momento el centro de atención, es sin duda el pelo, anejo cutáneo de exclusiva propiedad de los mamíferos, el representante por antonomasia, el más paradigmático emblema del atractivo. No hay nada menos estético que una cabellera poco cuidada.
El cabello por sí solo puede llegar a apoderarse de la identidad del individuo, siendo responsable más que cualquier otra característica física de esa “primera impresión” que predispone a favor o en contra de una persona antes de su verdadero conocimiento.

Con el cabello expresamos nuestro estado de ánimo, nuestro deseo de agradar y ser aceptados o nuestra absoluta disconformidad con el mundo que nos ha tocado vivir. Una naturaleza tímida, reservada, introvertida, jamás ostentará una melena arrogante, un tinte llamativo o un peinado original. Por el contrario, el individuo extrovertido, autoritario, agresivo, nunca llevará —salvo calvicie inevitable— un cabello anodino. Incluso la personalidad más equilibrada mantiene un cierto culto al cabello. El pelo es, por tanto, un instrumento de identificación y comunicación social, y su alteración puede ser causa o consecuencia de trastornos psicológicos.


Recurso de belleza

A lo largo de la historia, ha sido utilizado como recurso de belleza, adquiriendo un valor estético propio.

En la antigua Grecia, hombres y mujeres cubrían sus cabezas de ondas rubias para aumentar su capacidad de seducción. La mayoría, mediterráneos de pelo oscuro, debían aclararse el color con soluciones de potasio y aceites que contenían pétalos y polen de flores amarillas.

Los romanos lo valoraron como símbolo de alto nivel social. Según el historiador Suetonio, Julio César (101-44 a.C.), el hombre sobrio, elegante, de coherente pensamiento político, pidió permiso al Senado para llevar habitualmente la corona de laurel con el fin de disimular su calvicie.

El Barroco se acompaña del auge del culto a las pelucas, centrado en el siglo XVII en la Corte de Francia. En el reinado de Luis XIII, Luis XIV y Luis XV se alcanza la mayor sofisticación. El Rey Sol, Luis XIV, usaba una enorme peluca que le hacía parecer 10 cm más alto. Las pelucas voluminosas y muy adornadas, teñidas con blanco de plomo de Rodas, se consideraban un signo de riqueza e incluso una gran inversión económica. Tanta importancia tuvieron que con la llegada de la Ilustración y en la Revolución Francesa, una de las reivindicaciones de los sublevados para conseguir la igualdad fue la desaparición de las pelucas.

Bajo el reinado de Ana Estuardo (1702-1713) tuvo lugar el apogeo de las pelucas en Inglaterra. Adoptadas por los componentes de los juzgados como ornamento oficial, fueron consideradas atributo de respetabilidad y autoridad por parte de la Corte, la Administración y los Tribunales de Justicia. Lo que al principio parecía una moda pasajera importada de Francia, pronto se institucionalizó como un símbolo de poder y boato.


Ante todo, el pelo

Otro ejemplo de la repercusión del aspecto del pelo sobre el psiquismo, y viceversa, lo protagoniza Elisabeth de Baviera, emperatriz de Austria-Hungría, a la vez frágil e indomable. Durante su intensa y apasionante vida, sólo una cosa mantuvo su interés por encima de todo: su cabello. Nombró a Fanny Angerer, procedente del mundo del teatro, su peluquera personal. Y no era poco su trabajo. Todos los días empleaba 2 ó 3 horas en tejer complicadas trenzas alrededor de su cabeza. Cada 2 semanas dedicaba el día entero al lavado de la espectacular melena de Sissi, con un rito meticuloso: primero cubría por completo el pelo con una mezcla de huevo y coñac, y así se mantenía varias horas. Luego lavaba y retiraba la mezcla cuidadosamente con jabones y esencias olorosas. Un breve secado con toallas y después, junto al fuego, nuevamente lentas horas de cepillado y peinado con cuidado de no arrancar ni un solo cabello.

En el cine de amor, lujo y melodrama de los años 50-60, las historias se construían en torno a buenos y malos, generalmente guapos y feos, guapos con hermoso cabello. No es imaginable un galán Rock Hudson, un rebelde James Dean, un ecuánime Gregory Peck, un apasionado John Wayne, un eternamente bello Paul Newman, un bondadoso James Steeward... con un cráneo limpio de “pelo” y paja.


Complemento de belleza

Un complemento de la belleza en el hombre es la fortaleza, la valentía. Y en eso, también el pelo ha sido protagonista.

Sansón fue el hombre mítico fuerte por excelencia. Las imágenes que la creatividad de pintores y cineastas nos han transmitido de él reflejan a un hermoso hombre musculado, con abundante cabello, que perdió todas sus cualidades y poderes (hasta la vida) cuando Dalila, sometedora de voluntades, aprovechando su profundo sueño, le cortó traicioneramente la melena.

Hoy, el pelo es todavía poder y fuerza vital para el luchador de sumo, que, durante su actividad, lo mantiene largo y recogido en un moño.

En los 60-70, el pelo largo fue un claro signo de protesta contra lo establecido. Cantantes, artistas, universitarios... llevaban largos flequillos y desordenadas cabelleras como prueba de su rebeldía. En los 80-90, las llamadas “tribus urbanas” llevan en su pelo y peinado la bandera de su identidad: de colores y con crestas los punkies, enredado los grunchs, con trenzas los rastafaris...

Tal vez en contraposición a ese simbolismo que hace que tener pelo se acompañe de alegría, deriva el carácter de tristeza, pecado, castigo y sumisión que su ausencia ha significado y significa todavía en diferentes épocas y culturas.

En Francia, durante la II Guerra Mundial (1939-1945), las mujeres sospechosas de haber confraternizado con los alemanes eran rapadas públicamente. Una forma de castigo, más moral que físico, también practicado por los vencedores visigodos sobre los vencidos, a los que se esclavizaban.

En algunas sociedades, se marcaba a la mujer sorprendida en adulterio de igual manera. Pero si el hombre no respetaba el cabello de una mujer, también era castigado. El Fuero de Plasencia disponía: “... Todo home que por cabellos a mugier tomare, peche diez maravedis...”.


El mayor homenaje

Quizás el mayor homenaje público que se ha hecho al cabello es la melodía que en 1968 la tribu Hair se puso a cantar: “There aren’t no words for the beauty, the splendor, the wonder of my hair, hair, hair, hair, hair, hair. / Flow it, show it, long as God can grow it, may hair. / I want it long, straight, curly, fuzzy, snaggy, shaggy, ratty, matty, oily, greasy, fleecy, shining, gleaming, steaming, flaxen, knotted, polka dotted, twisted, beaded, braided, powdered, flowered and cofettied, bangeld, tangled, spangled and spaghetied”.

Que viene a decir: “No hay palabras que canten la belleza, el esplendor, la maravilla de mi pelo, pelo, pelo, pelo, pelo, pelo. / Ondearlo, mostrarlo, tan largo como Dios lo pueda hacer crecer, mi pelo. / Lo quiero largo, liso, rizado, alborotado, enredado, áspero, hirsuto, opaco, aceitoso, grasiento, lanoso, brillante, resplandeciente, humeante, linoso, ceroso, nudoso, alunarado, retorcido, abaloriado, trenzado, empolvado, florecido y confetiado, ajorcado, enmarañado, lentejueleado y espaguetiado. (La década prodigiosa. Pedro Sempere)”.

Finalmente, si recordamos la definición de salud llevaba a cabo por la O.M.S. en 1948 (salud es el bienestar físico, psíquico y social) se puede inferir que el buen aspecto del cabello es un elemento de bienestar psíquico y social, esto es, una condición saludable. Y la cosmética capilar juega un papel importante en esta obtención del bienestar, confiriéndole esta cualidad, un valor añadido que no se puede despreciar.
 

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