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Breve historia de los cosméticos

 Ayer y hoy de los cosméticos 

Aurora Guerra

Elena González-Guerra


La búsqueda de la belleza es una tendencia natural en el ser humano. Desde la mas remota antigüedad, y siguiendo muy diferentes cánones, el hombre ha intentado modificar su aspecto para obtener una imagen más estética. Los hombres y mujeres han dedicado a lo largo de los siglos tanto tiempo al cuidado de su apariencia como al de su alimentación. Como dijo el filósofo pesimista Arthur Schopenhauer (1788,1860) "la belleza es una carta de recomendación que nos conquista el corazón". Y todos queremos ser bellos. 
   
    La herramienta más usada, y quizá la mas importante para conseguir un mejor aspecto, es la Cosmética. La Cosmética se ha definido clásicamente como "el arte de confeccionar afeites y otras preparaciones para hermosear la tez o el cabello", o lo que es lo mismo, el arte de crear y usar adecuadamente productos cosméticos para mantener la piel en estado óptimo y aumentar su belleza.
La historia nos muestra sin embargo un recorrido anfractuoso en el largo existir de la Cosmética: Epocas de esplendor se han seguido de otras de oscurantismo. A modo de ejemplo, el concepto de higiene cutánea, no siempre ha evocado el uso del agua. Aceites, leches, ungüentos y perfumes, han sustituido al baño, considerado en ocasiones antihigiénico al abrir los poros exponiendo al contagio de los miasmas de la peste, inmoral por ser frecuente en casas de lenocinio como preámbulo de actividades eróticas, o como desviación religiosa al ser calificado, en este caso en España, como una costumbre de moriscos. Por el contrario, el baño ha sido en otros momentos o culturas, no solo un acto de limpieza de la suciedad de la piel, sino un acto de purificación, de penitencia y de regeneración espiritual.
Es muy posible que el uso de cosméticos se remonte a la prehistoria. Algunas pinturas rupestres encontradas en el Sahara representan a una mujer aplicando grasa animal sobre la piel de otra.  Igualmente algunas civilizaciones primitivas que perviven hasta nuestros días, como la de los aborígenes australianos, mantienen la costumbre de pintarse la piel con sustancias coloreadas. Pero aparte hipótesis, la primera evidencia del uso de cosméticos se sitúa en el antiguo Egipto, hace 4000 años, donde las frecuentes abluciones recomendadas para mantener la higiene necesaria de piel y cuero cabelludo, se seguían de la aplicación de ungüentos y perfumes, como lo demuestran entre otros, las imágenes decorativas y los recipientes para cosméticos, algunos todavía presentes en sus frascos, de la tumba de Tutankhamon. En uno de estos ungüentarios, el llamado “de la leona”, se encontraron restos de grasa animal y siete clases diferentes de aceites vegetales. Malaquita para colorear los párpados de verde, galena para elaborar el negro Kohol con el que delinear le borde de las pestañas, coronas y tocados de cera perfumada, llenaban de glamour las civilizaciones faraónicas.

    El gusto por los cosméticos también estaba presente en la culturas monoteístas, más austeras, pero igualmente amantes de la belleza. Así lo demuestra el pasaje evangélico de San Juan, en el que “Maria Magdalena, tomando una libra de ungüento de nardo legítimo, de gran valor, ungió los pies de Jesús y los enjugó con sus cabellos, y la casa se quedó impregnada del aroma del nardo”.

Griegos y romanos elevaron a la categoría de necesidad el uso de cosméticos: los baños públicos eran un lugar de reunión; la unción con aceites, un cumplimiento social con el invitado o amigo. Así lo cuenta Homero, en su Odisea: “Una vez lavados y ungidos con aceite por las esclavas, acomodáronse en sillas junto al átrida Menelao.”

    De la costumbre, del uso social, los cosméticos pasaron a la medicina. Así Aurelius Cornelius Celso (siglo I después de Cristo), erudito de la Medicina aunque no era médico, en su recopilación del saber médico “De re medica” habla de la que hoy llamamos Dermocosmética en estos términos: “Es casi una necedad tratar de curar los barros (acné), las pecas y las efélides, pero no se puede privar a las mujeres del cuidado de su persona”. Es evidente el tono peyorativo tanto hacia la Dermocosmética como hacia la mujer de esta reflexión. Por el contrario Galeno, médico romano del siglo II después de Cristo, escribió en sus tratados de la Cosmética, dividiendo a los cosméticos en dos grandes grupos: El primero, “Kosmetike tekné” o limpiadores y protectores, constituían el “ars ornatrix” (de ornatus, decorado) y carecían de toxicidad, por lo que eran aconsejables. Los segundos,  “Kommotike tekné” o cosméticos de adorno, destinados a disimular el paso del tiempo y los defectos, constituían el “ars fugartrix” (de fugatus, disimulo) e incluían sustancias potencialmente nocivas como el plomo blanco para ocultar arrugas, por lo que se consideraban frívolos y desaconsejables. Precisamente del término “Kosmetikós”, relativo al adorno, deriva directamente el término “Cosmética” de nuestra lengua. La industria también participó de este auge, apareciendo el oficio de “ungüentarius”, que confeccionaba el cosmético, y el de “seplasarius” que los vendía.

    Sin embargo en la Edad Media las clases populares se alejan de las prácticas higiénicas, consideradas frívolas y ocasión de pecado. Así el obispo belga Reginaldo, se preciaba de no haberse bañado nunca en su vida. Paradójicamente, es en éste periodo cuando el uso del jabón se populariza comenzando a existir pequeñas factorías en España e Italia, en el siglo VIII. Entre otros pequeños destellos de interés por la Dermocosmética se encuentra el tratado de cirugía de Henri de Mondeville, médico normando del siglo XIV, en el que distinguía aquellas patologías cutáneas tributarias tanto de tratamiento médico como cosmético, con una finalidad exclusivamente estética, diferenciando claramente la Medicina de la Cosmética. Dedica nada menos que veinticuatro capítulos al camuflaje de cicatrices de acné y viruela, quemaduras, manchas, arrugas, o otras imperfecciones estéticas de la piel, justificando su trabajo en la alta consideración social de la belleza, y el interés económico del médico que veía muy solicitados sus consejos al respecto. 

    Ya en el siglo XV, comienza a renacer el gusto por el culto del cuerpo y su belleza. Es España tenemos una prueba de esta floreciente afición, en la Celestina, donde se enumeran un sinfín de procedimientos cosméticos: “Hacía solimán, afeite cocido, argentadas, bujelladas, cerillas, lanillas, unturillas, lustres, lucentores, clarimientes, albalinos y otras aguas de rostro…”

    En el Renacimiento, en el siglo XVI, los ideales de belleza del mundo clásico, vuelven a iluminar las costumbres de la sociedad, y el descubrimiento del Nuevo Mundo añade el aliciente de nuevas sustancias hasta entonces desconocidas, como el bálsamo del Perú o el parásito de los cactus mejicanos, cochinilla, utilizado todavía hoy para extraer carmín para colorear los labios. El uso de cosméticos se afianzó y multiplicó en las cortes francesa e inglesa. Por ejemplo, las pápulas de acné se trataban con azufre en polvo, disimulándolas después con mantequilla fresca. Sin embargo, junto a una gran profusión de productos y métodos (cremas, aceites, polvos de arroz, polvos de plomo blanco con mercurio sublimado y tierras, perfumes de sándalo o maderas del Brasil, decoloraciones con alumbre, tintes) la higiene decae de nuevo, y en el siglo XVII y XVIII, prácticamente no existe, aumentando las infecciones y parasitosis cutáneas.

    Es preciso que lleguen las últimas décadas del siglo XIX para que se produzca una revolución cosmética popular, de forma que el uso de productos de tocador, se pone de moda manifiestamente en todas las escalas sociales, y ya, hasta nuestros días: Las casas tienen bañeras y duchas; las revistas femeninas se ocupan de los cuidados de la piel y de su maquillaje; las industrias cosméticas se consolidan; los institutos de belleza proliferan; la publicidad incluye anuncios de cremas, leches, perfumes, polvos, coloretes, carmines…

    La Cosmética hoy es un pilar fundamental y riguroso en el cuidado de la piel. Colabora en el tratamiento de alteraciones estéticas en muchas ocasiones, disminuye los efectos secundarios de algunos medicamentos de la piel, y mejora la calidad de vida en todos los casos.
 

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