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Repercusión psicológica y calidad de vida



Elena González Guerra
Doctora en Medicina y Cirugía
Médico Adjunto del Servicio de Dermatología del Hospital Clínico
Universitario de San Carlos. Madrid
Clínica Silene Da Rocha. Madrid


 

La Organización Mundial de la Salud (OMS) en el año 1946 definió la salud como “un estado completo de bienestar físico, mental y social”. Con esta definición se dio un sentido positivo al concepto de salud, poniendo de relieve que no es únicamente la ausencia de enfermedad.

Además se transformó la idea inicial de considerar solamente parámetros biológicos y se aceptó la implicación de la mente. La relación entre la mente y el cuerpo ha sido históricamente un tema polémico para los científicos. Sin embargo, hoy en día la medicina ha encontrado un nuevo punto de referencia al contemplar esta correspondencia como una infeliz conjunción de factores biológicos sobre los que el entorno psicosocial actúa. Neurotransmisores, citocinas y hormonas se unen a receptores específicos originando una serie de eventos moleculares en la célula receptora, con caminos de ida y vuelta entre la mente y los órganos del cuerpo, como la piel.

Por otra parte, en 1994, la OMS a través de su grupo de trabajo en calidad de vida (WHOQOL Group) estableció por consenso que la calidad de vida es “la percepción del individuo, de su situación en la vida, dentro del contexto cultural y de valores en que vive, y en relación con sus objetivos, expectativas, valores e intereses.” Dicho de otra forma, es el grado de satisfacción personal que un sujeto experimenta frente a sus circunstancias vitales.

Pese al carácter subjetivo del concepto de calidad de vida, existe una condición que se puede considerar universal: el cumplimiento de las necesidades básicas. De todas ellas, la más uniformemente considerada imprescindible es un buen estado de salud. De este convencimiento nace el concepto de Calidad de Vida Relacionada con la Salud (CVRS) definida como el conjunto de percepciones y reacciones de los pacientes frente a su estado de salud.

La décima revisión de la Clasificación Internacional de Enfermedades (CIE-10, OMS 1992) sitúa a la calidad de vida en el eje II, correspondiente a deficiencias, discapacidades e invalideces, lo que representa una valoración personal de los aspectos anteriormente mencionados y constituye una importante variable de medida subjetiva del impacto que la enfermedad y su tratamiento producen en la vida del sujeto.

Pero una cuantificación de la calidad de vida no sólo es deseable para una mejor toma de decisiones clínicas, sino que es insustituible si se desea investigar las ventajas e inconvenientes de las nuevas terapias y/o tecnologías. De este modo, se ha convertido en una eficaz manera de evaluar los servicios sanitarios y optimizar los recursos, al tiempo que ofrece al paciente la oportunidad de reforzar su papel en la relación médico-paciente aportando sus percepciones, lo que persigue el objetivo de la “medicina centrada en el paciente”.

Recientemente, se ha añadido un nuevo enfoque a la clásica utilización de las medidas de CVRS como paradigma de consecuencias. Constituye ello lo que podemos denominar paradigma predictor y modificador de la evolución del paciente. Esto sería equivalente a decir que una calidad de vida mejorada influye favorablemente en la evolución de la enfermedad.

Existe por tanto suficiente aquiescencia en considerar que tanto la repercusión psicológica de la enfermedad como la evaluación de la Calidad de Vida Relacionada con la Salud han de formar parte del conocimiento de los procesos mórbidos y de su aplicación en la práctica clínica.

En cuanto al impacto psicológico de la patología cutánea, las investigaciones han demostrado que las personas con enfermedades de la piel, a diferencia de la población sin ellas, experimentan mayores niveles de desequilibrio social y psíquico, empeoramiento de la imagen corporal y baja autoestima. El hecho de indagar en las manifestaciones de los trastornos psicocutáneos ha conducido a un incremento de la conciencia sobre estos efectos psicosociales asociados a una patología cutánea.

Diversos estudios han apuntado una prevalencia elevada de trastornos psiquiátricos en los pacientes dermatológicos, incluyendo los que padecen la urticaria y el prurito. A pesar de que parece un poco prematuro realizar nexos entre los trastornos dermatológicos y las condiciones psiquiátricas basándose únicamente en la evidencia de estudios de cohortes, las investigaciones han mostrado un incremento en la prevalencia de condiciones como la ansiedad y la depresión en esta población.

El prurito es el síntoma más común en dermatología pudiendo aparecer con o sin lesiones de piel visibles. Su presencia es mas importante que las lesiones que lo provocan para el paciente. De hecho, los tratamientos de muchas dermatosis que cursan con prurito, priorizan en sus resultados clínicos la eficacia sobre éste antes que sobre las lesiones.

El prurito crónico produce ansiedad y estrés. Las observaciones clínicas publicadas sugieren que el estrés precede a menudo a la aparición o exacerbación de muchas condiciones dermatológicas que tienen componentes tanto psicosomáticos como inmunológicos, tales como la urticaria o el prurito idiopático. El mundo de las alteraciones psicológicas en la urticaria y el prurito es por tanto un círculo de interés en el que necesitamos adentrarnos para mejorar tales enfermedades.

 

Bibliografía


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